Levantada en La Puntilla en el siglo XIX y restaurada a mano durante 15 años, la impresionante casona resguarda la esencia de la arquitectura autóctona, la cocina regional y el alma del vino de altura. Está en la Ruta del Adobe.

“Siempre digo que la casa de adobe es la continuidad del cielo… de la tierra hacia arriba. Eso es lo que se siente vivir en una casa de adobe… Que la tierra continúa”, dice Ana Sarís propietaria del hotel boutique Finca La Sala, a nueve kilómetros de Tinogasta, en la Ruta del Adobe, en Catamarca.
Ana nació en Tinogasta, vivió durante mucho tiempo en Salta junto a su marido Horacio, donde tuvieron tres hijos, y cuando se retiraron regresaron al pago. Juntos restauraron esta antigua casona de mediados del siglo XIX heredada por él. Su proyecto fue creciendo hasta convertirse en un alojamiento.

Hace cuatro años Horacio falleció y Ana lo lleva adelante con un entusiasmo contagioso.
La casona se encuentra en lo que se llama La Puntilla, donde la sierra de Copacabana termina en el río.
El edificio de adobe sorprende, al igual que el parque de más de tres hectáreas con viñedos, un olivo tres veces centenario, frutales de todo tipo y dos hileras de agaves.

La construcción de adobe data de 1850 y la estructura está intacta, sin rajaduras, pese a estar emplazada en zona sísmica.
El hotel se ubica a la vera de la RN 60, en el kilómetro 1315. “La construyó un coronel que luchó en la Guerra por la Independencia, de apellido Figueroa”, explica Ana.
En el relieve de la pared, encima de la enorme puerta de entrada, se observa en letras antiguas la «D» y la «F», del coronel salteño Darío Figueroa. Un poco más abajo, la «M» y la «F» de Macedonia Figueroa, la mujer del militar.

Figueroa peleó junto al general Martín Miguel de Güemes, pero al morir el caudillo se fue a vivir a Tinogasta.
En 1968 la familia Figueroa vendió la casa a los Saldaño, la familia del marido de Ana, que se utilizó durante muchos años como depósito de la finca. “Estuvo más de 40 años cerrada. Nosotros heredamos y comenzamos a restaurar la casa”, relata la propietaria. La tarea duró unos 15 años.
“La casa generó lo que necesitábamos para restaurar. Nunca recibimos un crédito, no pedimos nada. Porque tampoco era la idea de que esto sea turístico”, cuenta Ana. La casona había estado abandonada durante décadas y una vez que abrieron la puerta de la casa, la gente comenzó a interesarse en el lugar; llegaban desde Tinogasta y de otros pueblos. “Decían ‘mira, abrieron la casa de la finca´, y ahí nosotros pensamos que esta casa histórica que todos querían conocer podía ser turística”, relata.

Ana y Horacio tenían 50 años cuando comenzaron con este emprendimiento. Lo primero que inauguraron fue el restaurante y luego se animaron a abrir algunas habitaciones. Ana empezó a cocinar y Horacio era el camarero. “Eso pegó un montón. Al poco tiempo armamos la carta. Restaurábamos y cocinábamos”, explica.
La finca fue restaurada con la ayuda de un albañil de la zona, conocedor de la técnica ancestral de la construcción con adobe, un material noble que resiste a lo largo de los siglos.
El adobe es una mezcla de tierra, paja y estiércol amasado y secado al sol, sin cocción. Es versátil, ideal para un clima seco como el de Catamarca. Lo interesante es que mantiene los ambientes frescos en verano y conserva el calor en el invierno.

“Nos paramos sobre la premisa de no cambiar nada. Todo se restauró, no hay reciclaje”, detalla Ana.
La carpintería es original. El frente de la casa tiene 38 metros y cinco metros de alto, las paredes son de unos 80 centímetros y tiene cimientos firmes. Los pisos también son originales
“Se llama Finca La Sala desde siempre, porque en aquella época, a la vieja usanza española, la sala era el lugar importante de reunión de la finca, de las masías”, dice Ana.
La puerta principal se abre en cuatro hojas. Es monumental y se dice que por ahí entraban los caballos. “No sé si eso es verdad o no”, admite Ana.
El hotel es acogedor nada más entrar en la amplia sala con su hogar a leña, a las habitaciones ambientadas, a otros salones con piezas de arte y muebles antiguos y a la cocina donde Ana prepara sus platos regionales.
Las ventanas no tienen cortinas porque el paisaje es tan bello que funciona como un cuadro.
El restaurante está disponible para huéspedes y público en general. La cocina está siempre abierta y las mesas nunca están preparadas porque cada comensal elige en qué mesa quiere comer, y en ese momento se acondiciona. Se sirven platos regionales: humita, locro y cazuelas de pollo o lomo, entre otras exquisiteces como costillas al malbec.
En la finca de unos 400 metros cuadrados se ofrecen unos desayunos exquisitos a la hora que cada huésped necesite porque las excursiones suelen salir de madrugada.

Parque y viñedos
Si por dentro la finca es preciosa, el parque es una maravilla, con jardines, viñedos y piscina.
La finca también produce su propio vino llamado Alma de Adobe. Se elabora con uvas de la finca y luego se fabrica en una bodega de la región. Es un vino de altura de vides fertilizadas orgánicamente, no tienen agroquímicos y no necesitan plaguicidas porque la altura y los vientos fuertes hacen que no existan pestes. Tienen mucha amplitud térmica entre el día y la noche y eso hace que se genera un hollejo donde se concentran los taninos. Es decir que la piel de la uva es más gruesa, lo que deriva en un vino con cuerpo, con el aroma y el sabor de la tierra.
IG @fincalasala

















