Polignano a Mare, la cuna del gran Doménico Modugno

Autor:

Pepe Segura

Categoría:

Es una de las maravillas de la región de Puglia (Italia). Está enclavada en blancos acantilados bañados por las aguas del mar Adriático. Es la cuna del autor de ese himno italiano llamado Volare (en realidad la canción se llama Nel blu dipinto di blu – «En el cielo pintado de azul» en su versión en español).

Los 60 km que separan a Bari de Polignano a Mare fueron para nosotros la primera inmersión en la región de Puglia, una de las más bonitas de la bella Italia. La hicimos en coche, nos demandó poco más de 50 minutos y debo confesar que la posibilidad de ver la estatua que recuerda al grandísimo Doménico Modugno me generó un interés extra. Nos habían contado de las bellezas de este lugar enclavado en blancos acantilados bañados por las aguas del mar Adriático pero, la mención del autor de ese himno italiano llamado Volare (en realidad la canción se llama Nel blu dipinto di blu – «En el cielo pintado de azul» en su versión en español) le agregó adrenalina a la inminente llegada a la “perla del Adriático” como se la conoce.

Por supuesto que nuestra primera parada fue frente al monumento que recuerda al famoso cantante que ganó el festival de San Remo en 1958 y falleció en 1994 y que es definido como un símbolo de la italianidad. Levantando los brazos, de espaldas al mar y mirando a la ciudad que lo vio nacer, la figura del hijo pródigo del lugar es una de las postales del pueblo. Un imperdible, como rezan los folletos turísticos.

Fuimos unos de los tantos que inmortalizamos nuestro paso por tierras italianas junto a Doménico. De fondo, un vendedor ambulante dejaba escapar de su parlante la canción que cantó toda Italia y entonces, entonces no hacía falta nada más. Misión cumplida. Ya podíamos decir que habíamos pisado Polignano a Mare. El calor sofocante de la siesta nos llevó a otro lugar típico y deseado: la Lama Monachile, una playa de piedras en el antiguo lecho del rio flanqueada por dos acantilados gigantes y lugar obligado para quienes, como nosotros, buscamos un poco de fresco en tórrida jornada de setiembre. Se accede a través de un túnel, hay que hacer equilibrio entre las piedras pero, cuando se llega a las cristalinas aguas del Adriático, uno toma nota que el esfuerzo valió la pena. Un chapuzón reparador entre la multitud y una cerveza bien fría fueron el paréntesis antes de seguir nuestro recorrido. Pasamos de bañarnos en el Adriático a admirarlo desde los varios miradores para dejar que nuestras miradas se perdieran en el azul de ese mar imposible de atrapar con una mirada o una foto.

Siguiendo las sugerencias de amigos que ya habían pasado por aquí, nos dejamos llevar por las callecitas que bordean la costa sin dejar de sorprendernos por sus calles empedradas por las que alguna vez pasó la Vía Trajana, en la era romana, la Iglesia Matrice y los versos de poetas que todavía se pueden leer en las paredes. El recorrido culminó en la Vía Muraglia que nos permitió ver las antiguas murallas de la ciudad, la mayoría de ellas en buen estado de conservación. El paseo terminó, como correspondía, con un almuerzo frente al mar. Esta vez una ensalada de atún le ganó la pulseada a las pastas. A modo de despedida probamos el Caffé Speciale que es endulzado y enriquecido con cáscara limón, amaretto y crema de leche. Una exquisitez, al menos para nuestros paladares.

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