En un mundo que no deja de acelerar, encontrar un lugar donde el tiempo se ralentiza no es un lujo. Es una necesidad vital. Punta Encanto, posada boutique ubicada en Miramar de Ansenuza, a 200 km de Córdoba, no solo ofrece un alojamiento, ofrece una filosofía de vida lenta, consciente y profundamente restauradora, diseñada especialmente para adultos que buscan recuperar su equilibrio interior.

Este no es un destino para quienes huyen del estrés buscando distracción. Es para quienes lo enfrentan con coraje, eligiendo la pausa como acto revolucionario. Aquí, en el extremo noreste de la provincia, donde la llanura húmeda se funde con el cielo sin horizonte, el Mar de Ansenuza, el humedal más grande de Sudamérica, susurra su belleza. Y Punta Encanto está construida para que la escuches.
Con acceso directo al agua, único en la zona, la posada permite vivir la laguna en todas sus tonalidades: los reflejos plateados del amanecer, el fuego líquido de los atardeceres en cobre y lavanda, o el espejo negro bajo un cielo estrellado. No se trata de contemplación pasiva, sino de una conexión activa con los cinco sentidos: el crujido de la madera bajo tu espalda en uno de los seis camastros frente al agua, el aroma salino mezclado con jazmín silvestre, el canto del zorzal o el cardenal al despertar, el tacto de la brisa fresca, el sabor de un desayuno bufé hecho con mucha dedicación.
Las 11 habitaciones temáticas, todas diferentes y pensadas como pequeñas obras de arte, combinan el encanto rural europeo del antiguo Hotel Viena (de los años 40) con comodidades modernas. Paredes de adobe restaurado, pisos de madera recuperada y baño privado crean un ambiente íntimo, cálido, auténtico. Cada espacio invita al descanso profundo, al respiro, al desprendimiento digital.

El diseño del lugar fomenta la reconexión: con uno mismo, con la pareja, con los amigos. Los espacios comunes, el estar, los sillones frente a la laguna, la biblioteca al aire libre, la cancha de tejo y el croquet, no están pensados para llenar el tiempo, sino para vaciarlo de ruido. Son lugares donde el juego no compite por ganar, sino por compartir; donde una partida de croquet revive recuerdos de infancia, y una tarde leyendo bajo un árbol se convierte en un acto de resistencia contra la prisa.
El desayunador y merendero, con vista panorámica, es otro ritual de bienestar. Allí, entre mates compartidos y frutas de estación, Susana, la dueña, oficia de anfitriona, cuidadora y guía silenciosa. Atendida personalmente por ella y su pequeño equipo, la hospitalidad en Punta Encanto es intencional: cada detalle, cada palabra, cada gesto está pensado para hacerte sentir acompañado, pero nunca invadido. Es ese equilibrio tan difícil de lograr: intimidad garantizada, cercanía genuina.
Y luego están ellos: los habitantes del lugar. No son turistas. Son los reyes del entorno: los flamencos rosados que despliegan sus alas al amanecer, los pájaros carpinteros que golpetean los árboles, las golondrinas y cardenales que surcan el cielo. Avistarlos no requiere esfuerzo. Solo paciencia. Solo estar. Cuando las aguas bajan, los flamencos llegan en bandadas, transformando la laguna en un lienzo vivo.
La postal sería: recostada en un camastro, arrullada por el viento y el murmullo de las olas. Viviendo el Reseteo Digital, el celular está en modo avión. No hay notificaciones. Solo el latido del agua y el cielo lleno de estrellas. En esa quietud, algo cambia. La respiración se hace más profunda. La mente gana en claridad. El corazón, en presencia.
Esa es la verdadera propuesta de Punta Encanto: mejorar tu calidad de vida no con actividades intensas, sino con presencias profundas. Con el arte de detenerse. Con el coraje de desconectar para volver a conectar. Porque hoy, lo más raro no es viajar lejos. Es permitirse estar.
Ideal para parejas, grupos de amigos o solitarios conscientes, esta posada es un santuario accesible todo el año. Cada estación tiene su magia: invierno para introspección bajo cielos despejados, primavera para flores y aves migratorias, verano para baños tranquilos sin multitudes, otoño para colores ocres y calma reflexiva.
Si tu alma pide un respiro, si tu mente necesita silencio, si tu cuerpo reclama horizonte, Punta Encanto es el lugar.






