La otra Santa Catalina

Autor:

Mariana Otero

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Las grandes historias a veces apagan a las más pequeñas, al entramado silencioso de voces y pasos de distintos tiempos. Vale escucharlas.

Hace 402 años, en lo que hoy es el paraje rural cordobés Santa Catalina del departamento Totoral, los jesuitas levantaron la tercera de las estancias de la Compañía de Jesús en la provincia de Córdoba. 

Es una de las joyas arquitectónicas del país, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco (2000), que está conformada por la iglesia, los claustros, las galerías, los patios, los talleres, el tajamar y las rancherías. 

Tras la expulsión de la orden  en 1767, la propiedad se remató y la compró Francisco Antonio Díaz. Nunca cambió de dueño y hoy son más de 140 los herederos de casi medio centenar de familias de un frondoso árbol genealógico.

Alrededor de aquella gran historia surgió el pueblo, habitado en la actualidad por unas 150 personas, con un vínculo profundo con la estancia. 

Gran parte de sus pobladores nacieron y se criaron en el lugar y varias generaciones son y han sido trabajadores en la estancia. Son la otra historia de Santa Catalina.

María del Carmen Cabrera, conocida como Mariíta (72), es la propietaria del bar que funciona en los antiguos obradores de la estancia. Cuenta que casi todas las mujeres de su familia, desde su tatarabuela hasta ella, cocinaron para los herederos. “Santa Catalina es todo; es mi vida”, asegura. Mariíta también es sacristana de la iglesia. “Entrás y hay una paz terrible. Cuando voy a cambiar flores estoy sola ahí adentro; eso no se paga con nada”, piensa.

Oscar Lescano (84) y Graciela González (78) vivieron casi toda la vida en Santa Catalina. El nació allí y ella, desde que se casó con Oscar. Explican que es un pueblo sencillo y tranquilo al que le faltan algunos servicios. Oscar era peón de campo; y en la estancia limpiaba estanques y arreglaba alambrados. Igual que su padre. 

Graciela era cocinera de los herederos. Lo disfrutaba. Hoy, su hija Andrea ayuda con la limpieza de los claustros. “Cuando empecé a trabajar con ellos me prestaron la vivienda. A Dios gracias que todavía estoy en esta casa”, dice, en el patio que alguna vez fue una pista de baile. 

Como siempre sucede, la historia continúa y se transforma: en Santa Catalina, los turistas se asombran con los relatos del pasado mientras la gente del paraje teje las del presente.

Esta nota fue publicada originalmente en Revista Convivimos.

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