Positano, la postal en la que todos queremos estar

Autor:

Pepe Segura

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El dato sobresaliente del lugar es su belleza escénica. Las playas, los estrechos callejones llenos de vida, las construcciones que penden de la montaña y los cientos, miles de azulejos multicolores.

Positano, esa postal de la costa Amalfitana italiana que alguna vez pasó por nuestros ojos, ya estaba más cerca. Habíamos elegimos Salerno como la base para conocer este maravilloso rincón de Italia y allí llegamos el día anterior al primero de los dos viajes programados y, debo confesar que, recién en ese momento, la ansiedad dio marcha atrás. Visitar uno de los pueblos considerados entre los más lindos del mundo y Patrimonio de la Humanidad, había generado una adrenalina extra que comenzó a sentirse desde el día mismo que compramos los tickets para el viaje en ferry.

Puntual, aunque después de sortear una desordenadísima fila a la que nadie le ponía empeño en acomodar, nuestro coqueto barquito partió a las 9.40 en un viaje que demandaría poco más de 90 minutos y tres paradas.

Teníamos la vuelta programada para las 17 horas por lo que el tiempo que pasaríamos en tierra sería suficiente para un buen vuelo rasante por este pueblo construido en las laderas de las montañas y que descienden hasta las costas que baña el Mar Tirreno. El dato sobresaliente del lugar habitado por poco más de 3.600 afortunados, es su belleza escénica. Las playas, los estrechos callejones llenos de vida, las construcciones que penden de la montaña y los miles de azulejos multicolores, terminan de darle forma a la foto que todos queríamos tener.

Arrancamos nuestro recorrido con un café en uno de los barcitos que abren el camino hacia el pueblo. No fue buena la atención, los mozos estaban más preocupados para que abandonáramos nuestro lugar lo más rápido posible, que en brindar un buen servicio. Fue el único momento desagradable. A partir de allí, nos dejemos llevar por el paisaje, veíamos una callecita que nos gustaba y por ahí iban nuestros pasos. Así, casi sin darnos cuenta y con mínimo esfuerzo físico, llegamos al punto más alto de Positano, el lugar buscado por visitantes del todo el mundo para extasiarse con esa paleta de colores que proponen el mar y las flores.

Tras las fotos de rigor en la que uno tiene la sensación de que no será posible capturar tanta belleza, cumplimos con uno de los “mandamientos” de quienes llegan hasta aquí. Acomodamos nuestros cuerpos mirando al Tirreno y dos sorbetto al limone nos deleitaron por largos minutos. El helado viene en el cuerpo del limón y es un clásico de la zona.

Ya de bajada, la cúpula de cerámica de la Iglesia Santa María de Asunta y las decenas de negocios de artesanías, uno mejor decorado que otro, marcan el ritmo en el tramo final del recorrido.

Antes de dirigir nuestros pasos para refrescarnos en el Mar Tirreno, cruzamos por el Sendero de los Dioses que conecta a Positano con otros pueblos cercanos y que es una invitación para los amantes del senderismo.

Dos horas antes del regreso, aterrizamos en las oscuras arenas de la Spiaggia Grande, la playa principal y una en las que no se paga para entrar. Allí dejamos que el sol de las primeras horas de la tarde y las aguas del Tirreno hicieran lo suyo mientras consumíamos los últimos minutos en esa suerte de paraíso en la provincia de Salerno.  

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