Emprendimos el recorrido por el Casco Antiguo de Panamá buscando las huellas que el tiempo ha dejado en sus muros. Y nos encontramos con un lugar maravilloso.
Lo visitamos durante el fam press, organizado por la Organización Mundial de Periodismo Turístico (OMPT) en el marco de los Premios Pasaporte Abierto 2026, en el que nuestro sitio Modo Viaje obtuvo el premio al mejor medio especializado en turismo.

Nuestro guía Efraín Guerrero, de Movimiento Identidad, nos invitó a tomarle el pulso a la ciudad histórica dejando atrás el skyline de la zona moderna. Entre tantas cosas, nos contó que hace 356 años, tras el devastador ataque del pirata Henry Morgan en 1671, la ciudad decidió mudarse. Fue una retirada estratégica hacia las faldas del Cerro Ancón. Allí, el «Chorro del rey» prometía el tesoro más preciado: agua dulce.
En esa mudanza, Panamá nació dividida por una gran muralla que, además de proteger a la ciudad de los corsarios, separaba el poder de la periferia, el privilegio de la necesidad.

Santa Ana: La fe de extramuros
El recorrido comenzó por la Plaza de Santa Ana, extramuros. Mientras intramuros, en el barrio de San Felipe, se erigían siete iglesias de piedra para la élite, afuera se levantaba una sola excepción: la Iglesia de Santa Ana. Conocida como la «iglesia de los pobres», fue la única construcción de mampostería permitida fuera de las murallas.

El templo cumplía, por supuesto, una función espiritual pero también de protección de la ciudad. En su fachada aún se puede ver un símbolo de la corona española que recuerda el permiso gestionado por el Conde de Santa Ana para que el edificio sirviera como un punto de vigilancia estratégica.
Desde su altura, se dominaba visualmente el mar y la bajada de San Felipe; si un pirata se acercaba a la nueva ciudad, las campanas de Santa Ana eran el primer grito de alerta.

El epicentro de la vida popular
Santa Ana fue el centro de la cultura, la política y la economía popular. La plaza, que hoy alberga bustos de poetas y recuerda al Dr. Carlos Mendoza —el primer presidente afrodescendiente del país en 1898—, fue en su día un lugar para corridas de toros y el escenario de la primera lotería nacional.
A pocos pasos sobrevive, aunque herido por el tiempo y con promesas de restauración, el Teatro Variedades. Inaugurado antes que el Canal de Panamá, este recinto es un recuerdo de la Belle Époque panameña. En sus muros aún se distingue un escudo que muestra el istmo como una unidad verde y continua, antes de que la ingeniería abriera el paso que se convertiría en el Canal que hoy define el escudo actual. En 1914, mientras el mundo miraba el primer tránsito transoceánico, el Variedades anunciaba funciones de magia que congregaban a la sociedad de extramuros.

El crisol del istmo
Panamá, cuyo nombre en lengua originaria evoca la «abundancia de peces y mariposas» y hace honor a un árbol endémico, es ante todo una definición de pluriculturalidad.
Efraín nos explicó que la identidad panameña no se lee en los rasgos, sino en la mezcla.
La construcción del ferrocarril, la fiebre del oro y la epopeya del Canal convirtieron a este istmo en el imán de una América que prometía oportunidades. Llegaron chinos, judíos, afroantillanos, europeos y caucásicos, fundiéndose con la raíz indígena para crear un tejido social único. Esa herencia se saborea hoy en una carimañola y se escucha en la cadencia de la salsa, con Rubén Blades como el músico emblema de esta parte del mundo. Nos dimos el gusto de cantar Pedro Navaja en una esquina de la plaza Santa Ana, muy cerca de donde nació el cantante en 1948.
Guerrero nos explicó que el panameño es, por definición, «campechano»: alegre, amante del trabajo comunitario y de la fiesta. Hay que reconocer que esa energía se siente en el aire de Santa Ana, donde los locales todavía se reúnen para disfrutar de conciertos al aire libre, manteniendo vivo un espacio que fue testigo de hitos como la huelga de 1925.
Hoy, el Casco Antiguo es Patrimonio de la Humanidad declarado por la UNESCO. Es el lugar donde Panamá recuerda que, aunque nació entre murallas para defenderse de los piratas, terminó convirtiéndose en un puente para el mundo.

Qué visitar
El Casco Antiguo ofrece paradas obligatorias como el café Coca-cola, el más antiguo de la ciudad (1875) y el Museo del Canal. Estos son otros puntos clave:
La Plaza de la Independencia y la Catedral Basílica son el epicentro del barrio de San Felipe. La Catedral, con sus torres incrustadas de nácar traído del archipiélago de las Perlas, es una joya del siglo XVIII que tardó más de cien años en terminarse. Frente a ella se encuentra el Museo del Canal Interoceánico, ubicado en el antiguo Grand Hotel que fue sede de la Compañía Universal del Canal Francés. Es una parada esencial para entender cómo la ingeniería transformó la geografía y la demografía del país, y para conocer la historia humana desconocida que habla de la segregación racial en el tiempo de la administración norteamericana del canal.
El conjunto de Santo Domingo y el Arco Chato. Estas ruinas son quizás el sitio más místico del casco. El Arco Chato es un arco rebajado que sostenía el coro de la iglesia sin vigas internas. Según supimos en una segunda visita al Casco Antiguo, este arco fue clave para la historia de Panamá: durante las negociaciones del Canal, se utilizó su estabilidad para demostrar que el país no era una zona de alta actividad sísmica, diferenciándolo de la propuesta de Nicaragua. Hoy, el sitio alberga el Museo de Arte Religioso Colonial.
La Plaza de Francia y el Paseo de las Bóvedas. Ubicada en el extremo sur, esta plaza rinde homenaje al esfuerzo francés en la construcción del Canal. El Paseo de las Bóvedas, una antigua muralla defensiva coronada por una pérgola, ofrece la mejor vista del contraste panameño: a un lado, los rascacielos de la ciudad moderna; al otro, el océano Pacífico donde los barcos aguardan su turno para cruzar la vía interoceánica.
El Altar de oro en la Iglesia de San José. Escondida en una estructura sencilla, esta iglesia guarda un retablo barroco labrado en madera y cubierto en pan de oro que, según la leyenda local, fue salvado de los piratas por un fraile que lo pintó de negro para engañar a Henry Morgan. Es un símbolo de la resistencia cultural que mencionan los guías.





















