El primer fin de semana de invierno se presentó en Villa General Belgrano con una mañana luminosa y fría, de esas que invitan a buscar el calor del fuego y de la palabra.
Allí, entre el paisaje tranquilo del Valle de Calamuchita en las sierras de Córdoba, se abrió el tercer Círculo de Viajes y Escrituras.

Llegamos con la ilusión de siempre, la de propiciar el encuentro de un nuevo grupo de personas deseosas de avanzar en sus proyectos, de buscar formas posibles para sus futuros libros y de compartir la experiencia de narrar el mundo.
El escenario acompañaba. Nos recibió la sonrisa generosa de Viviana, anfitriona junto a Andrés de la Posada de Campo, un alojamiento acogedor, singular y profundamente habitado por las historias, que también están plasmadas en las páginas de un libro.

Durante dos días esta sería nuestra casa con aires de familia, cargada de objetos antiguos, en medio de la naturaleza, con exquisitas comidas y la lumbre encendida.
Poco a poco, el círculo fue tomando cuerpo y tonadas. Desde Jujuy, Tucumán, la ciudad de Córdoba, Los Reartes, Santa Rosa de Calamuchita y la propia Villa General Belgrano, se congregaron Lucía, Ana, Gabriela, Leonor, Nancy, Verónica y Guillermo. Todos dispuestos a abrirse al libro que planifican o desean, a no ofrecer resistencia, a compartir.

Luciana Bedini, mentora de escritores y una de las coordinadoras de los “círculos”, invita a abrirse a un viaje hacia adentro y hacia afuera.
Sin saberlo, los viajes -ese modo tan particular de conocer el mundo y de conocerse a uno mismo-, atravesaría estos encuentros.
Luciana propone el ejercicio de una escucha activa, no sólo para aportar al otro, sino para desarmar las propias creencias, ordenar el caos y aventurarse en una búsqueda personal más allá del vértigo y la movilización de las emociones.

Después de un primer ejercicio de escritura y de lectura, los temas, los proyectos y las ideas comienzan a circular.
Uno a uno, diversos pero con sorprendentes hilos en común: crónicas viajeras, el nomadismo como filosofía de vida, la escritura como una transformación personal, como otro viaje en sí mismo; la poesía escrita a cuatro manos inspirada en dos latitudes; el recuerdo de James Joyce, los deseos, las palabras a una hija, la maternidad.
¿Quién nos va a leer?, se preguntan. ¿Cómo perder el miedo a exponerse?, se planean.

La respuesta colectiva, entonces, navega entre la necesidad de confiar en la inteligencia de la vida y la comprensión de que las palabras están cargadas de emoción e intimidad y siempre buscan ir más allá.
La primer ronda se traslada al comedor, con un almuerzo casero lleno de color y de sabor.
Luego, la pausa y el paseo hacia Die Lavendel, el campo de lavandas que dirigen Rubén y Claudia.
Después de escuchar sobre las flores, sus aromas y sus beneficios, degustamos un té negro con flores de lavanda para regresar al calor de la posada. Nos esperaba una merienda y un nuevo círculo.

Tengo algo para contar
Luciana vuelve a los proyectos y a la escritura que nos convocan. Alguien dice que el libro del escritor no es el mismo que el libro del lector, y todos asienten. ¿Cómo hacemos para emocionar al lector, para atraparlo en nuestra historia, para que se quede con nosotros?

La escritura funciona como un dispositivo -dice Luciana- y, al mismo tiempo, como una herramienta de supervivencia que sentencia “yo tengo cosas para contar”.
Después llegaron las preguntas técnicas, la necesidad de conocer el oficio editorial. ¿Cómo llega un borrador a las manos de un editor?

Pronto comienzan las primeras mentorías individuales, ese espacio uno a uno para profundizar en los proyectos. Mientras, el “círculo” empieza a imaginar la estructura de la obra, a pensar el título, los capítulos. Aparece el estilo de cada quien. A esta altura del encuentro ya se vislumbra con claridad.
La charla continúa, hay un consenso en que un buen texto debe ofrecer imágenes sensoriales que permitan al lector recorrer territorios y cruzar fronteras.

Se habla de la sutil composición de un libro, del hilo conductor, de la selección conceptual para unir las partes; de la estética, del tono, de los elementos visuales y del título como la carta de presentación de la obra.
También, del lenguaje y sus registros: la poesía, la narrativa, la crónica biográfica. ¿Dónde se inscribe cada uno?
Al fin, las mentorías mano a mano, en un entrepiso silencioso de la posada, fueron dando forma y foco particular a cada proyecto.

Al caer la noche, la cena exquisitamente preparada por Viviana y sus colaboradores propiciaron nuevas charlas. Unas mesas más allá, resonaba el partido entre Argentina y Jordania en la primera fase del Mundial. Al fin y al cabo todo es parte de alguna historia.

Adentro y afuera
Por la mañana, los temas del círculo atravesaron los territorios humanos: la crianza en red o sin ella, la tribu, la maternidad, la identidad, la ficción biográfica, los mundos en pausa de la pandemia y el aislamiento.

Nuevas mentorías, y en paralelo, la lectura compartida de textos propios guiada por Mariana Otero, otra de las coordinadoras y quien suscribe estas líneas. Una ronda alrededor del hogar y uno a uno convida sus escritos, propone ideas, construye lo propio y lo ajeno. Otra vez, lo de adentro y lo de afuera.

Las voces trajeron textos poéticos con la «raíces y las alas al viento», con un perro callejero, con un amor que no fue, con una madre que registra la vida de su hija.
Los libros tienen que ver con la vida. Qué duda cabe.
El tiempo se detiene, lo sentimos desaparecer mientras se imaginan y se plasman otros mundos posibles y expansivos. Fluye sin prisas, en conexión emocional, con la calma y la confianza que dan los lugares seguros.

Cerramos el círculo, y nos despedimos de Villa General Belgrano recorriéndola en el tranvía de Dorf Tour, con la ilusión de regresar.






