Catamarca: una travesía por la mítica Ruta de los Seismiles

Autor:

Mariana Otero

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Alberga una de las concentraciones de volcanes más grandes y elevados del planeta. Hay más de 200: 18 de ellos tienen más de 6000 metros de altura.

Para comprender la magnitud de la Ruta de los Seismiles, en la provincia argentina de Catamarca, hay que aprender primero que el ritmo lo marca la montaña para, después, avanzar y admirar un paisaje único.

En nuestro Fampress, organizado por la Organización Mundial de Periodismo Turístico por esta provincia del NOA, realizamos la travesía por la precordillera y la  cordillera de los Andes rumbo al paso internacional de San Francisco que conecta al país con Chile.

Nuestro guía fue David, quien además nos condujo en 4×4 de la empresa Catamarca Aventura, durante más de tres horas de viaje. Solo de ida.

La primera recomendación fue moverse despacio, descender con seguridad y evitar correr o agacharse y levantarse bruscamente a lo largo de un camino que va trepando hasta los 4000 metros de altura. Es la regla de oro para adentrarse en un territorio marcado por una libertad sin límites en medio de una inmensa depresión rodeada de macizos donde, mire donde se mire, solo hay montañas. 

La travesía abarca unos 200 kilómetros desde la localidad de Fiambalá hasta la frontera con Chile, bordeando el sistema montañoso más elevado de América y de los Andes.

La cordillera, que de punta a punta supera los 10.000 kilómetros de extensión, está dividida en tramos. El que se extiende entre Mendoza y Catamarca comprende la Cordillera Frontal o Central, donde hace entre 12 y 16 millones de años tuvo lugar una de las principales actividades volcánicas del continente.

Hoy, entre los departamentos de Tinogasta y Antofagasta de la Sierra, se han contabilizado más de 200 volcanes. Aunque más del 80 % está extinto o apagado, la región alberga desde elevaciones de 3.000 metros hasta 18 volcanes que superan los 6.000 metros sobre el nivel del mar. 

Del Ojo del Salado al balcón del Pissis

Siguiendo la escala andina, las cumbres más altas después del Aconcagua (6.960 m) se concentran en Catamarca. Entre ellas destaca el Ojo del Salado, considerado el volcán activo más alto del planeta y uno de los campos volcánicos a mayor altitud, con ocho chimeneas. David nos contó que en las décadas de 1940 y 1950, las antiguas cartas geográficas lo marcaban incluso como el punto más alto de América, hasta que las nuevas tecnologías de medición determinaron una diferencia de apenas 60 metros a favor del Aconcagua.

“Estos volcanes pierden a menudo la clásica silueta cónica; son macizos y domos generados por múltiples erupciones”, apuntó el guía. 

Aunque las últimas manifestaciones eruptivas severas ocurrieron hace más de 100.000 años, el Ojo del Salado permanece en fase de reposo o dormido. “En la escala geológica de la Tierra, un siglo de vida humana equivale a apenas un segundo en un reloj de 24 horas”, ejemplificó David.

Una muestra del calor subterráneo es también el Volcán Blanco —al norte de Fiambalá y origen del Campo de Piedra Pómez—, cuyo eje térmico calienta las aguas de las Termas de Fiambalá y se manifiesta a través de fumarolas. 

La frutilla del postre siempre es el Balcón del Pissis, que en esta ocasión no pudimos visitar ya que estaba cerrado después de un fuerte temporal de nieve. Lo conocimos en ocasiones anteriores y es realmente maravilloso. Al atravesar diversos cordones montañosos, las panorámicas hacia los balcones y las lagunas de colores son un espectáculo que merece ser visto al menos una vez en la vida.

La meca de los montañistas

Por la altitud de sus cumbres, esta región se ha convertido en la meca de deportistas internacionales. Entre diciembre y abril, alpinistas de todas partes del mundo acuden a la zona para entrenar antes de emprender expediciones a los «ochomiles» del Himalaya, aprovechando que la única ventana de ascenso anual al Everest se abre en mayo. 

Aunque el montañismo de la zona aún no está plenamente regulado, apuntó David, el flujo de turismo de aventura y deporte motor es incesante en verano, la época en que el paso internacional suele habilitarse (permanece cerrado en invierno por la acumulación de nieve).

La geografía y el Zonda

Al pasar por Fiambalá, rumbo a los Seismiles, se observa una depresión delimitada al este por la sierra de Fiambalá y al oeste por sierras bajas pertenecientes al sistema Famatiniano. A la derecha de la ruta aparece la elevación más alta de estas sierras pampeanas, la Sierra de Narváez, que supera los 6.000 metros. 

David contó que el viento Zonda azota la zona casi todo el año debido a la influencia del Altiplano andino al norte y la Cordillera al oeste. Esta erosión milenaria de arena y sedimentos terminó depositándose en la depresión para moldear el campo de dunas de Fiambalá. 

Las huellas del plegamiento

Suelos sedimentarios y plegamientos y rocas blandas y arcillosas erosionadas por la lluvia y el viento. Toda esa maravilla aparece a lo largo del camino.

En el tramo del Pasaje de las Cuchillas, se observa cómo la presión de la Cordillera plegó los suelos, dejando ver filos enfrentados que alguna vez formaron parte de la misma montaña. 

Otro fenómeno es el de las piedras redondeadas (comúnmente llamadas canto rodado) que arrastraron los ríos y que hablan de la existencia de montañas aún mayores desgastadas por la erosión. 

Predominan los lechos secos que se transforman en desagües torrenciales durante las lluvias de febrero y marzo; sin embargo, algunos volcanes albergan glaciares eternos.

La naturaleza en su estado puro es impactante. En las bases nacen vertientes permanentes como el Río Salado, que nutre los valles y, abajo, irriga los cultivos mediante sistemas tradicionales de tomas, acequias, inmersión y terrazas. 

Con respecto a la fauna, David detalló que en las zonas bajas y húmedas habitan maras, aves pequeñas, cuises, quirquinchos, chinchillas y el pericote de la puna. También hay pumas.

En algunas zonas es posible avistar al cóndor y en las zonas más elevadas se encuentran los camélidos americanos: el guanaco y la vicuña, una especie protegida por ley. 

Herencia histórica

La zona atesora una profunda herencia histórica. El Valle de Chaschuil (cuyo nombre hace referencia al «encuentro»), que se despliega a lo largo de la RN 60 y abarca la Ruta de los Seismiles, fue cruce de rutas comerciales entre La Rioja, Tinogasta, Fiambalá y Chile. Nuestro guía relató que desde el siglo XIX y durante la época colonial, las corrientes de poblamiento de Atacama e incas dejaron paso a colonizadores, cazadores, salineros y arrieros que trasladaban ganado a pie hacia el país vecino. 

El legado indígena tiene su máximo exponente en el volcán Incahuasi («Casa del Inca»), una cumbre de más de 6.600 metros. En la década de 1960, un grupo de montañistas descubrió cerca de su cima vestigios incaicos ceremoniales: una chuspa (bolsa de viaje), un bastón de apoyo y una estatuilla antropomorfa de plata. “Estos objetos formaban parte del ajuar de una capacocha, el ritual más sagrado del Imperio Inca”, aseguró David. Agregó, además, que grupos de peregrinos partían desde Cusco («el ombligo del mundo») acompañando a niños elegidos por su pureza, quienes, tras ser embriagados con chicha durante períodos de guerras o conflictos, se dormían en las cumbres a más de 6.000 metros, morían de hipotermia entregando su vida a los dioses. Este hallazgo estaría relacionado con el volcán Llullaillaco en Salta, ubicado a 190 km en línea recta, donde se hallaron los famosos tres niños incas. 

Refugios y puntos de apoyo

A lo largo de la RN 60 (asfaltada en 2004 con la proyección de integrar el corredor bioceánico), a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar, se distribuyen seis refugios situados cada 20 o 25 kilómetros —la distancia promedio que una persona puede caminar por jornada—, los cuales cuentan actualmente con conectividad Starlink.  Son puntos de resguardo ante emergencias viales o climatológicas.

Se trata de edificaciones preparadas para soportar vientos extremos y temperaturas bajo cero.

Cuentan con espacio para pernoctar y equipamiento.

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