Ramonita Quispe: la guardiana de una tradición ancestral en Tinogasta

Autor:

Mariana Otero

Categoría:

Es alfarera y ceramista. Trabaja la arcilla en su taller Madre Tierra. Es parte del proyecto catamarqueño “Tinogasta, Tierra de Sensaciones”.

Las manos de Ana Ramona (“Ramonita”) Quispe están curtidas por el tiempo y por el barro que da vida a obras de arte. Tiene 75 años y una vitalidad y humor envidiables.

La alfarera y ceramista es patrimonio vivo de Tinogasta; la guardiana de una tradición ancestral atada al territorio.

En el Fampress de la Organización Mundial de Periodismo Turístico por Tinogasta, Ramona nos abrió las puertas de su casa en barrio El Progreso para enseñarnos esta técnica milenaria, que ella ejecuta con una habilidad asombrosa.

“A mí siempre me gustó desde muy chica trabajar la arcilla”, cuenta. Ella y sus siete hermanos fueron criados por su madre sola. Con ella recogía la arcilla y, también con ella, moldeaba piezas para que sirvieran como moneda de cambio.

“Las cambiábamos por maíz, porotos, carne… Ya traíamos algo para la casa, no aportamos mucho, pero hacía falta”, cuenta.  Y agrega: “Nunca supimos lo que es el hambre, jamás en la vida”.

Después se casó y al quedar viuda se planteó cómo seguir.

“Cuándo fallece mi esposo, entonces yo dije: ‘Dios mío, ¿qué hago?», recuerda. Sus tres hijos ya estaban estudiando (hoy son los tres profesionales), y ella comenzó a replantearse la vida.

“Dije: ‘Lo único que me queda es ponerme bien los pantalones y decir: soy la jefa de la casa, hago y deshago aquí. Me voy a dedicar a lo que siempre soñé’», cuenta. Eso implicaba volver al oficio que le enseñaron las manos de su madre.

La noble arcilla

Ramona remarca que sus hijos la acompañan a los cerros a buscar la arcilla. En algunos casos -explica- la tierra parece piedra que debe disolverse durante 10 días hasta que se deshace.

Posteriormente se pasa por coladores diferentes, hasta que llega el momento de ponerla en un lienzo donde “cae toda el agüita bien finita”. Después se seca al sol y filtra hasta que queda la masa lista. 

”Hay de diferentes colores: blanca, roja, rosadita,  amarilla”, enumera. La negra es la más difícil de conseguir ya que se encuentra en la cordillera de los Andes.

A Ramonita lo que más le gusta es hacer ollas, básicamente porque son útiles. “Le da la utilidad para lo que usted desea: locro, salsa y le cambia el sabor. Hasta tomar una taza de té o de vino, viera cómo cambia”, asegura. 

Una vez hechas las piezas, ya secas, se llevan al horno de leña. Son 10 o 15 horas de fuego lento. Sigue explicando entusiasmada y, poco después, nos invita a moldear nuestras propias piezas y a pasar al pequeño salón donde exhibe sus obras que, también, han participado de ferias de artesanías y concursos. Todas son creaciones propias.

Su taller se llama Madre Tierra. Hay un sinfín de piezas preciosas con diseño de autor y hasta una impresionante Pachamama negra.

Quispe es parte de “Tinogasta, Tierra de Sensaciones”, una experiencia del proyecto provincial Catamarca Sensorial, que invita a recorrer el destino a través de los cinco sentidos. La propuesta incluye aromas de hierbas autóctonas, paisajes del Valle de Abaucán y gastronomía local, en un recorrido de unas dos horas.

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